¿Cuántas veces imaginaste ganar los maravillosos premios que muchas marcas promocionan pero de los cuáles nunca se conoce un ganador?. Uno de esos flamante premios, un auto 0km, se hace real para Delia (Andreea Boșneag), una adolescente rumana, que vive una etapa muy importante de su vida en una Rumania post comunista en La chica más feliz del mundo, película dirigida por Radu Jude y estrenada en 2009.
Este disparador funciona para poner sobre el tablero temáticas como la clase media tratando de crecer y desarrollar sus emprendimientos, el consumo tras el comunismo, la adolescencia y el vínculo entre hijos y padres.
En una historia sencilla desde lo técnico, ya que se desarrolla en el set de grabación de una publicidad al aire libre, se ponen de manifiesto diferentes deseos. La protagonista anhela quedarse con su premio y vacacionar con sus amigas, su padre, por otro lado, quiere vender el vehículo para comenzar un hotel a las afueras de Bucarest. Al mismo tiempo, el director de la publicidad quiere obtener una buena toma mientras el dueño de la empresa que realizó el sorteo no para de darle indicaciones sobre cómo hacer su trabajo. Muchos capitanes, pocos marineros.
Me parece destacable un punto: los hijos. Uno entiende que cuando una persona decide avanzar con un embarazo y traer al mundo a un niño sabe lo que implica. Tal vez, no es tan así. Delia quiere quedarse con su auto, disfrutarlo y quizás, en un año o dos, finalmente venderlo. Su padre, en tanto, se encargó de preparar los papeles de venta del mismo durante la grabación del spot publicitario sin escuchar los deseos de su hija.
Uno comprende que si la situación de la familia no es la mejor, hay que hacer sacrificios para salir adelante, pero ¿qué ocurre cuando lo que se plantea es “nosotros nos sacrificamos por vos, tenés que firmar los papeles”?. Se debería tener en cuenta que esa no es la lógica de una joven de 17 años, de hecho Delia se lo hace saber a su progenitor. Ella no desconoce todo lo que sus padres hicieron y hacen por ella, mas eso no quita que quiera el vehículo que se ganó. Tal vez sea momento de cuestionar la forma en la que se quiere hacer entrar en razón a los hijos, ya que hacerlos sentir culpables de todo lo que recibieron sin pedirlo, suena un tanto injusto y complejo de procesar.

Además de todos los sentimientos y desencuentros que manifiesta fruto de su edad, Delia debe lidiar con un director de rodaje que la fuerza a sonreír, a ser la chica más feliz del mundo, al tiempo que toma una bebida sabor naranja que incluso los creadores no consideran lo suficientemente deliciosa, ya que piden que se la mezcle con Coca Cola para que tenga mejor sabor. Se le exige permanentemente que valore y que disfrute, que se muestre todo lo feliz que debería ser, sin embargo no es dicha lo que siente en ese momento. Lejos de eso, está confundida porque sabe que su papá tiene razón, pero no puede evitar querer otra cosa, como también entiende que filmar esa publicidad es el único precio que pagará por un premio que solo estará en sus manos durante esos pequeños momentos después de que la claqueta da inicio a la grabación.
En medio de esta vorágine de indicaciones sobre cómo se debe ver, cómo se debe sentir y qué debe hacer, Delia trata de imponer lo que ella quiere, terminando por negociar su decisión aunque no sumamente convencida con el resultado.
Si bien no estamos frente a una obra maestra, esta película nos deja algunos momentos para reflexionar respecto a nuestras posibilidades, deseos y responsabilidades, que no siempre están en sintonía y que elegir solo una opción puede ser difícil cuando la lógica no es lo único que se pone en juego.
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